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La última quimio también es una fecha

Hay días que te parten la vida en dos y no figuran en ningún almanaque. Lo único que falta para festejarlos no es plata ni lugar: es el permiso.

Imagen pendiente · Design / Canva

Una campana de metal montada en la pared de un pasillo de clínica, en primer plano, con una mano a punto de tocarla. El fondo, fuera de foco, con luz de tarde. Sin caras.

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En muchos centros de oncología hay una campana atornillada a la pared. De bronce, chica, con una cuerda corta. El día que terminás el tratamiento, la tocás. Algunos la sacuden fuerte, dos o tres veces, y se ríen. Otros apenas la rozan y se les quiebra la voz en el primer tañido. El sonido se mete por todo el pasillo y, por un segundo, el lugar más triste del edificio se convierte en otra cosa.

Nadie te manda una invitación a ese momento. No está en ningún almanaque. No tiene torta ni salón ni lista de regalos. Y sin embargo es de los días más importantes que vas a vivir. Más que muchos cumpleaños. Más, incluso, que algunas bodas. El problema no es que no merezca festejarse. El problema es que aprendimos que no se hace.

Los días sin fecha

Probá esto. No pienses en tu próximo cumpleaños ni en el aniversario que ya tenés agendado. Pensá en el día que cambió algo de verdad y pasó sin que nadie levantara una copa. Seguramente lo tenés. Casi todos lo tenemos. Va una serie. Fijate cuál es el tuyo.

El día que firmás el divorcio y salís de Tribunales y el aire de la calle te entra distinto. No es alegría, exactamente. Es alivio, que a veces es mejor que la alegría. Manejás hasta tu casa con la ventanilla baja y caés en que hace años que no respirabas así.

El día que entrás a tu primer departamento solo. Está vacío, huele a pintura, todavía no tenés ni una silla. Te sentás en el piso con una caja de pizza y el eco de las paredes peladas, y por primera vez en la vida nadie te va a decir a qué hora apagar la luz. Tenés veintinueve años o tenés cuarenta y siete recién separado, da igual: es tu primera noche de dueño de tu propio silencio.

El día que se cumple un año sin tu viejo. No es una fecha para llorar, aunque vas a llorar. Es la prueba de que pudiste con doce meses que no sabías cómo ibas a cruzar. Lo extrañás igual. Pero seguís acá, y eso también pasó.

El día que terminás la facultad a los treinta y ocho, de noche, laburando de día, con hijos durmiendo en la pieza de al lado. El día que cerrás el local que no daba más y, en vez de fracaso, sentís que soltaste una piedra que te venía hundiendo hacía rato. El día que salís de la última sesión de terapia que vas a necesitar por un buen tiempo. El día que la prueba dice negativo después de meses de miedo, o dice positivo después de años de buscarlo.

Ninguno de esos días tiene casilla en el calendario. Ninguno te llega como invitación de WhatsApp. Y cada uno deja una marca tan honda como las fechas que sí festejamos.

Quién firmó esta regla

Acá está el punto, y conviene decirlo de frente. En algún momento aprendimos a pedir permiso para celebrar. Nadie firmó esa regla, pero todos la cumplimos. Hay una lista corta y no escrita de lo que se puede festejar — nacés, cumplís quince, te casás, tenés hijos, te jubilás — y todo lo que queda afuera nos parece, vagamente, una exageración.

Lo decimos con esas palabras: no es para tanto. ¿Una fiesta por eso?. Tampoco es que me casé. Como si hiciera falta un certificado, un tercero que valide, una ocasión lo bastante grande para justificar el gasto de juntar a la gente que querés. Como si festejar fuera un privilegio que se gana y no algo que se hace y ya.

Y la trampa es perfecta, porque el merecimiento no llega nunca. Siempre hay alguien que la pasó peor, siempre hay un logro más grande que el tuyo, siempre el momento es medio chico para semejante despliegue. Entonces no llamás a nadie. Terminás el tratamiento un martes y el martes a la noche cenás solo mirando el teléfono, cuando tendrías que estar rodeado de las quince personas que rezaron por vos durante un año.

Festejar un divorcio no es festejar el dolor de un matrimonio que se terminó. Es marcar el día en que volvés a ser dueño de tu vida. Festejar el primer departamento no es presumir de paredes. Es decir, frente a la gente que te quiere, acá empieza algo y quiero que lo sepan. Festejar un año sin alguien no es olvidarlo. Es lo contrario: es juntarte a nombrarlo, a brindar por lo que dejó, a comprobar entre todos que su ausencia no te ganó.

Lo que cambia cuando le ponés fecha y nombre a uno de estos días es que deja de ser algo que te pasó por adentro y empieza a existir afuera, con lugar y gente convocada. Por eso hicimos un lugar para los capítulos que no entran en las categorías de siempre.

celebrar un nuevo capítulo

Volver a la campana

Hace falta volver al pasillo. A la campana de bronce atornillada a la pared, a la mano que la toca, al sonido que recorre el lugar más triste del edificio y lo cambia por un rato.

Durante mucho tiempo creímos que esa campana sonaba por haber terminado algo. Por haber cerrado la última sesión, el último ciclo, el último mal trago. Pero no es eso lo que se festeja, o no es solo eso. La campana no suena porque algo se terminó. Suena porque vos seguís acá para contarlo.

Eso es lo que tienen en común todos los días sin fecha. El divorcio, el departamento, el año que sobreviviste, el título a los treinta y ocho, el local que cerraste a tiempo. Ninguno es el final de algo. Todos son la prueba de que llegaste del otro lado y todavía tenés vida por delante para vivirla distinto. Y eso se brinda, en la mesa que sea, con la gente que sea.

Así que la próxima vez que te toque uno de esos días — y te va a tocar, le toca a todo el mundo — fijate si no estás esperando un permiso que nadie te va a dar. Porque no hay nadie que firme esa autorización. Sos vos. Siempre fuiste vos. Tocá la campana.

Si alguno de estos días es el tuyo y querés ponerle fecha, lugar y nombre, la invitación se arma en pocos minutos. Hay diseños pensados también para estos momentos.

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No hace falta una razón lo bastante grande. Hace falta una razón que sea tuya.
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